VI.
Hace mucho tiempo, no sé, unos diez años, fui, contra mi voluntad, a comprar pan para la once. No sé si en ese tiempo intentaba pensar en cada cosa que miraba, pero me acuerdo que estaba preocupado por el colegio, ya se me estaba haciendo insoportable. Era una tarde rojiza, muy hermosa, con una brisa de esas que parece que llevan mensajes de ángeles porque dejan una paz honda en el corazón. Supongo que iba distraído, porque recuerdo que choqué con alguien o me llegó un pelotazo o algo por el estilo. Son imágenes confusas, no es seguro que todo sea cierto. Pero esto es claro: era una tarde brillante y una idea molestosa daba vueltas en mi cabeza.
"Déme doce panes", digo y nadie me mira. Me quedo en silencio, esperando que atiendan a otras personas. "Señora, quiero doce panes", repito. No me toman en cuenta.
Alguien dice algo a mis espaldas. No presto atención y vuelvo a hacer mi pedido.
"¡Tienes que hablar más fuerte!", grita una niña en mi oído. Más que prestar atención a lo que dice, me molesta que me grite tan cerca, y me sorprende que hable tan bien. "Hola", dice. "Hola", respondo y miro a la señora que vende el pan. Después de esperar un largo rato comienzo a irritarme y, abriéndome paso entre las señoras, digo, con fuerzas: "Quiero doce panes y una margarina". Y, como saliendo de no sé dónde, asoma su carita la niña gritona, y dice: "Y un chocolate". "Y un chocolate", repito.
Eso pasó hace tiempo y nunca lo he olvidado. Y no lo olvidaré nunca.
- ¿Cómo te llamas?
- Aida, y tengo siete años.
- Qué bueno…
- Y vivo ahí, en la casa verde, donde hay un perro.
- Yo vivo…
- Al frente, en la casa negra.
- La reja es negra, la casa no. ¿Y tu mamá?
- No está, salió.
- Ah.
- También conozco a tu hermano grande, ¿cómo se llama?
- Manuel.
- Él me dijo que te siguiera y me dijo tu nombre.
- Ah.
- ¿Siempre vas a comprar pan?
- No.
- ¿Vas a la escuela?
- Sí.
- Yo también, voy en segundo, tengo puros siete.
- Ah…qué bueno.
- Nos vemos mañana, ¡chao!
Eso pasó hace tiempo. Desde ese día empecé a buscar a Aida cuando quería dejar de pensar en las cosas que nos obligan a creer que son importantes. Al principio ella sólo me hablaba, demasiado quizá, me contaba todo, lo de su mamá y su abuela, y sus compañeros y el pololo que tenía que se había meado en la sala, y el nombre de sus muñecas y su perro, y las comidas que le gustaban, y a veces, incluso, me hablaba de cosas triviales. Me acuerdo cuando se enojó con el vecino que tenía bicicleta y lo amenazó con que yo le iba a pegar. También me enseñó muchos juegos. Y me escribió muchas cartas y me regaló muchos dibujos. Yo pensé que todo sei ba a acabar cuando nos cambiamos de casa. Pero allá no encontré ninguna Aida, así que tuve que volver a buscarla para que me hablara. Pero algo raro había en ella y, desde entonces, cada vez que me ve, me abraza.
La conocí hace tiempo, en esa rica tarde rojiza, cuando una extraña idea molestaba en mi cabeza. Desde ese día, casi todas las tardes, comiendo chocolates, yo me alegraba con sus alegrías y ella escuchaba mis penas, casi siempre penas de amores.
Hace mucho tiempo, no sé, unos diez años, fui, contra mi voluntad, a comprar pan para la once. No sé si en ese tiempo intentaba pensar en cada cosa que miraba, pero me acuerdo que estaba preocupado por el colegio, ya se me estaba haciendo insoportable. Era una tarde rojiza, muy hermosa, con una brisa de esas que parece que llevan mensajes de ángeles porque dejan una paz honda en el corazón. Supongo que iba distraído, porque recuerdo que choqué con alguien o me llegó un pelotazo o algo por el estilo. Son imágenes confusas, no es seguro que todo sea cierto. Pero esto es claro: era una tarde brillante y una idea molestosa daba vueltas en mi cabeza.
"Déme doce panes", digo y nadie me mira. Me quedo en silencio, esperando que atiendan a otras personas. "Señora, quiero doce panes", repito. No me toman en cuenta.
Alguien dice algo a mis espaldas. No presto atención y vuelvo a hacer mi pedido.
"¡Tienes que hablar más fuerte!", grita una niña en mi oído. Más que prestar atención a lo que dice, me molesta que me grite tan cerca, y me sorprende que hable tan bien. "Hola", dice. "Hola", respondo y miro a la señora que vende el pan. Después de esperar un largo rato comienzo a irritarme y, abriéndome paso entre las señoras, digo, con fuerzas: "Quiero doce panes y una margarina". Y, como saliendo de no sé dónde, asoma su carita la niña gritona, y dice: "Y un chocolate". "Y un chocolate", repito.
Eso pasó hace tiempo y nunca lo he olvidado. Y no lo olvidaré nunca.
- ¿Cómo te llamas?
- Aida, y tengo siete años.
- Qué bueno…
- Y vivo ahí, en la casa verde, donde hay un perro.
- Yo vivo…
- Al frente, en la casa negra.
- La reja es negra, la casa no. ¿Y tu mamá?
- No está, salió.
- Ah.
- También conozco a tu hermano grande, ¿cómo se llama?
- Manuel.
- Él me dijo que te siguiera y me dijo tu nombre.
- Ah.
- ¿Siempre vas a comprar pan?
- No.
- ¿Vas a la escuela?
- Sí.
- Yo también, voy en segundo, tengo puros siete.
- Ah…qué bueno.
- Nos vemos mañana, ¡chao!
Eso pasó hace tiempo. Desde ese día empecé a buscar a Aida cuando quería dejar de pensar en las cosas que nos obligan a creer que son importantes. Al principio ella sólo me hablaba, demasiado quizá, me contaba todo, lo de su mamá y su abuela, y sus compañeros y el pololo que tenía que se había meado en la sala, y el nombre de sus muñecas y su perro, y las comidas que le gustaban, y a veces, incluso, me hablaba de cosas triviales. Me acuerdo cuando se enojó con el vecino que tenía bicicleta y lo amenazó con que yo le iba a pegar. También me enseñó muchos juegos. Y me escribió muchas cartas y me regaló muchos dibujos. Yo pensé que todo sei ba a acabar cuando nos cambiamos de casa. Pero allá no encontré ninguna Aida, así que tuve que volver a buscarla para que me hablara. Pero algo raro había en ella y, desde entonces, cada vez que me ve, me abraza.
La conocí hace tiempo, en esa rica tarde rojiza, cuando una extraña idea molestaba en mi cabeza. Desde ese día, casi todas las tardes, comiendo chocolates, yo me alegraba con sus alegrías y ella escuchaba mis penas, casi siempre penas de amores.
¤ Por José Manuel | 2:09 p. m. |
COMENTARIOS
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Ohh...que buena retrospectiva...q bueno q ya puedas seguir escribiendo kibby...nos vemos manyana en la prueba..c ya.
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Ohh...que buena retrospectiva...q bueno q ya puedas seguir escribiendo kibby...nos vemos manyana en la prueba..c ya.
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Ojala tuviera el don de escribir como usted :lol:
Siga así.
:saludo:
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Ojala tuviera el don de escribir como usted :lol:
Siga así.
:saludo:
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=)
hehe
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=)
hehe
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Hola no me conoces. me gusto tu blogs..
ok, eso...
me llamo Teresa.
chao!
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Hola no me conoces. me gusto tu blogs..
ok, eso...
me llamo Teresa.
chao!
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